
¿Patria Grande, Amerrique, Latinoamérica... Abya Yala?
Comentarios políticos e historiográficos de estos registros geográficos e identitarios
A Juan Aragón
La discusión sobre el registro identitario de nuestra región no es inaugural, y por lo tanto estamos obligados a discutir sus presupuestos, siempre en afán de potenciar su principios. Hasta donde veo, podríamos enfrentar los dilemas de una nueva denominación de nuestra región, imaginando los distintos problemas historiográficos, políticos y filosóficos que nos plantean estas palabras a largo plazo. Pretendo situar en el horizonte algunas de las discusiones conflictivas, en nuestro camino a una liberación cultural, política y económica.
La enseñanza de una historia descolonizada
En las últimas décadas se han producido tres ampliaciones historiográficas aún en estado de digestión, y que afectan las categorías propuestas. Por la dimensión de estos efectos me animo a traer estas ampliaciones, poniendo la imaginación al servicio del proyecto propuesto por la noción de Patria Grande.
En primer lugar, aceptemos que al menos intelectual e ideológicamente, en el continente se han abierto suficientes senderos como para tener una historia que ya no sea tributaria del descubrimiento y de Europa. Tenemos ya una biblioteca que puede hacer, a grandes rasgos, una evaluación de la colonia y de la invasión europea, como un acontecimiento más en la larga historia de los pueblos del continente. Es decir, podemos avanzar mentalmente hacia los siglos anteriores a la invasión española y sajona, para comprender mejor al continente mismo y sus pueblos. La historia de los toltecas, mayas, mexicas, aymaras y tantos otros pueblos, se nos presenta como un desafío de interpretación del pasado.
En este sentido, es importante aceptar en todas sus dimensiones, que aún cuando nuestro debate se da en un sitio habitado hace miles de años, las memorias de sus pueblos se encuentran despreciadas en virtud del esquema de dominación existente. Esto nos desafía a encontrar un registro identitario adecuado, que no colisione con un relato que esperamos sea menos maniqueo en los próximos tiempos.
Quiero ejemplificar con los alcances de una nueva historia del llamado “descubrimiento de América”. El historiador mexicano Edmundo O’Gorman nos invitó hace unos años a revisar, no el descubrimiento sino la idea misma de que este continente había sido descubierto por un marinero llamado Colón. Haciendo una lectura minuciosa de los textos del siglo xv y xvi, en los que debería quedar patente este tan importante episodio de nuestra historia, nos abrió un espacio de reflexión. Nos abrió espacios para volver el mito del primer navegante, y a los detalles de cómo la historia va tramándose a lo largo del tiempo bajo el impulso de los intereses de una época. O´Gorman acabó mostrando las enormes debilidades historiográficas de las tesis colombinas, mostrando la operación historiadora -para decirlo como los franceses Chartier y Rocoeur- en la que se nos escondían olvidos abrumándonos de memorias.[1]
O´Gorman no niega la ampliación geográfica que supuso, a lo largo de los años, la navegación del Atlántico. Al contrario, nos anima a comprender el momento, pero sin los tabúes científicos del relato español; sobre todo de aquellos sobre la constitución y supuesta puerta de entrada del continente en la historia universal. Y esto nos permitió ir hacia nuevos problemas en la construcción misma de un relato distinto, del que surgiría si mantenemos a aquél como su acontecimiento principal. Que como se sabe, viene a colación porque en 1507 apareció el nombre de América en el mapa que firmó Martín Waldseemüller. Aún cuando tras la lectura de los nuevos historiadores de Améric vayan apareciendo otra historia nombre de América allí (lo que podría afectar a la otra figura emblemática de la gesta europea, Albérico o Albérigo Vespucci).
Puesto que con igual manejo de fuentes habrá que atender a aquellos que dudan de que el nombre del continente provenga de este florentino. Cómo síntesis de los problemas de este movimiento, expongo dos sentidos: el primero, sobre eso de que no se llamaba, ni pudo llamarse Américo, sino como figura en las 19 ediciones sobrevivientes de la Carta Mundus Novus de 1507, así como en sus traducciones y otras referencias, Albérico. El segundo, no menos desconcertante, es la existencia del antiguo nombre Amérrica y Amerrique en nuestro propio continente, para llamar a la cordillera, en la zona central, por donde estuvo Vespuccio. Estos dos aspectos son ilustrados en profundidad por Danilo Antón y otros.[2]
Un nuevo relato de la historia universal se nos abre, con nuevos mitos, pero también sin algunos de los viejos mitos. En este nuevo relato cabrán las referencias a los viajes europeos por el mar atlántico anteriores a Colón, pero también las conexiones lingüísticas polinésicas, los contactos transpacíficos sobradamente probados, y quizá vuelva a ampliarse nuestra mirada hacia el hombre en la prehistoria del mundo, como nos ha invitado a hacer Edgar Dick Grasso.[3]
En los hechos, la conquista irá lentamente adquiriendo detalles en el pensamiento popular, interpelando filosóficamente a los hombres del futuro, develando los elementos que caben en el nombre de América, mostrando su carácter (como parece haberse catalizado a partir de 1992). Es decir, encontrará su sitio como acontecimiento político, económico y social en la historia larga de los pueblos del continente y del mundo; como cualquier otro acontecimiento histórico. Sí, como las cruzadas, por ejemplo; pero en su propia dimensión. Nuestro problema es que este episodio aún goza de la carga justificatoria de los proyectos nacionales (montados en la estructura económica y racial de la colonia) que aún sobreviven en nuestros horizontes intelectuales. Pero es cuestión de tiempo. Lo que importa subrayar es que estos elementos pueden disparar discusiones sobre los usos de la palabra América, tanto como de algunas otras de las proposiciones de la mesa.
Una filosofía sin más
El problema filosófico que damos por supuesto en las palabras de la convocatoria, en tanto geografía y registro identitario, es el de la liberación, de la ampliación del sitio mismo del hombre en su totalidad, con su historia y su historicidad. Es decir, en su posibilidad de ser. Por eso, parte de nuestra discusión pasa por la recuperación de un lugar central de los olvidados, que en nuestro continente, son principalmente, las poblaciones originarias avasalladas en su vida, lenguas e historia, y hoy sometidas a la explotación y la pobreza. De los asediados en la negación de su historia larga, llena de proezas y maravillas que aún se encuentran entre nosotros, hechas mensaje o alimento.
Enrique Dussel ha colocado a Bartolomé de las Casas como el primer filósofo de la modernidad, por ser quien plantée el primer problema de la era (aún reproduciendo su horizonte, como nos advierte Borges), como crítica al proyecto jurídico europeo de la guerra justa. Pero es el desbrozamiento de este problema, su ampliación hacia nosotros mismos como herederos de esas batallas, el que nos lleva a preguntas que se empalman con los problemas historiográficos mencionados. Si hemos ampliado nuestra mirada, entontes es lógico preguntarse lo mismo que ya hemos hecho, pero desde la perspectiva de algunas de las culturas que pueblan la geografía que pretendemos nombrar. ¿Acaso las culturas de América no tenían un nombre para la “tierra” qué habitaban? El debate arde, Abya Yala dicen los cunas: “tierra madura, tierra madre grande, tierra de sangre”.[4]
Ahora, otras dos brevísimas referencias sobre el tamaño de las creencias que afectan a eso del nombre, y de las interpretaciones geográficas existentes. El historiador Miguel de León Portilla nos dio entre las referencias mexicas, del siglo XVI, el concepto de los océanos que hoy llamamos Atlántico y Pacífico. Como estos tenían un sitio estratégico entre ellos, lo llamaban sencillamente teoatl, anillo-de-agua-que-rodea-la-tierra. Allí está también, el hermoso mapa de Guamam Poma. ¿qué hacemos con aquellas ideas geográficas?
Dijimos que la decisión simbólica de adoptar colectivamente una denominación identitaria de nuestro espacio geográfico, está absolutamente ligado a nuestros deseos de liberación. Ya vimos las dificultades simbólicas e historiográficas del concepto América para esculpir un destino en coherencia con nuestros antepasados y descendientes. ¿Avanzaríamos con alguna categoría, como Latina?[5] Eso también pesa para los latinoamericanistas.
Símbolos para una nueva política
En las últimas décadas, una nueva heroicidad regional parece dominar el panorama. Muchos ya habrán sido nombrados: Bolívar, el Che -que nos enorgullece-, pero sobre muchos hay varias discusiones. ¿Cómo quedan algunos de esos hombres desde una mirada verdaderamente descolonizada del pasado de la región? Más allá de las actuales celebraciones independentistas, nuestros héroes regionales deben encontrar un sitio en esta historia mayor. Pero algunos de ellos no podrán ser aislados de los proyectos que impulsaron las burguesías a las que pertenecieron. Algunos no gozan de un cariño idéntico si se los observa desde la perspectiva de las burguesías criollas que desde los pueblos indios del Alto Perú, por ejemplo, como es el caso mismo de Bolívar. Las independencias serán cuestionadas por su parcialidad racial y cultural. En este sentido, hay que ir en serio, mucho más allá de la dualidad que se conciben desde las machaconas historias nacionales. Sobre todo en los casos que, como Argentina, se niegan la perspectiva de los pueblos que tantos años les ha costado dominar.
En muchos países como el nuestro, ya hay una historiografía en la que puede verse como la apropiación de la tierra anida en el corazón del proyecto nacionalista. Y no es de sorprender que este sea también el sueño de cada generación de políticos provinciales, como de cada miembro de su burguesía. El proyecto de refundación jurídica sobre la relación con la tierra (el acto invasor por autonomasia) como propiedad alienable, parece ya instalado plenamente. Pero si nuestro temporal y bestial fisiocratismo comienza a ser discutido, también lo serán los que lucharon por la independencia de España, pero no para liberar a quienes eran capturados para el peonaje y el servicio. Imaginemos que metáforas como el malón pueda ser analizadas por sus características económico políticas, como una guerra de apropiación de tierras y explotación de mano de obra. A cabalidad, como un episodio del proyecto moderno argentino, por ejemplo. Imaginemos que las montoneras puedan ser vistas por la mayoría, por ejemplo, en su inaudita desesperación; y no como aún se las ve, mitológicamente.
No podemos olvidar que otro panteón de héroes es enarbolado, y que sus luchas también estarán en el seno de nuestra historia colectiva. Hablamos del Caonabo que resistió en Cibao a los hombres de Colón; del Cuauhtémoc que se enfrentó a Cortés; de Xicontecatl y Camama que se batieron en Tlaxcala y Tezcoco; Agüeibana y Mabodomoco en Puerto Rico; Tecúm Umán y Jacinto Canek entre los mayas del siglo xviii; en los andes del sur, tantos otros: Atahualpa, Rumiñahui, Quizquiz, Calichima, Manco Capac, los Túpac. Que junto a miles defendieron sus derechos a la tierra, la libertad y la historia. Debemos asegurarnos de que la idea de la Patria Grande conciba también estos símbolos políticos, o dejarla fluir.
(*) Escrito para ser leído en el Primer Encuentro artístico y cultural de las Patria Grande, Santiago del Estero, Argentina, 19-21 de mayo, 2009.
[1] Edmundo O’Gorman, La invención de América, Investigación acerca de la estructura histórica del Nuevo Mundo y del sentido de su devenir, 1977, FCE. Es llamativo que la primera alusión a estas islas, nos dice el autor, sea de 1526, en el Sumario de la natural historia de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés. Un poco tarde si se quiere, y no muy claramente, por cierto: “Que, como es notorio, don Cristóbal Colón, primero almirante de estas indias, las descubrió en tiempos de los católicos reyes don Fernando y doña Isabel, abuelos de vuestra majestad, en el año de 1491 y vino a Barcelona en 1492”, p. 166, nota 12.
[2] Danilo Antón, Amerrique, los huérfanos del paraíso, Piriguazú ediciones, Montevideo, 1998; y La mentira del milenio, Piriguazú ediciones, Costa Rica, 2000. La tesis no es nueva, pero nadie había avanzado con tanta precisión sobre el nombre Amerrique o Ameriqua, que en Husgalpa, Nicaragua, es la antigua denominación de la cordillera, la zona por la que anduvieron Vespuccio y compañía. Si significado, nos dice, es Sierra-en-donde-sopla-el-viento. Dantón nos invita a detenernos en otros topónimos lencas (pueblo emparentado con los mayas al oeste y los cunas al este): “Aguanqueterique, Cacaguatique, Lepaterique”, etcétera, La mentira del milenio, p. 72-73. La discusión es tributaria de las investigaciones del geógrafo Jules Marcou, Nuevas investigaciones sobre el origen del nombre de América, y H. Lambert, The origin of the name America, entre otros. Como el autor ha querido probar su tesis en profundidad, brinda muchos elementos para pensar que Vespucio cambió su nombre o fue un error de traducción. Esto es perfectamente explicable entre la primera y la segunda cartas de Vespucio (1504 y 1505), y en las alusiones de hombres como Fra Giovanni, italiano que “conocía bien a los Vespucci” y que también usará en sus referencias “el nombre Albericus”, p. 92. Antón no es el único: la tesis del nombre de los Andes la sostenía desde 1909, A.W.G. (aún no hemos desentrañado completamente con Julieta Crivisqui, quién es el autor de este artículo que encontró en la Biblioteca de la Casa de la Moneda de Potosi), en su artículo “¡Amérriqua!”. En este nos dice que “Améric, América o propiamente Amérriqua es el nombre indio que entonces se daba a toda la cordillera de los Andes y en especial a todas las montañas que en Nicaragua existen entre Juijalpa y Libertad, cerca de la costa de Mosquitos y que por un lado penetraban, según Colón (4to. Viaje) en el territorio de los indios Carcas (...) en el país de los indios Ramas.” Pero nuestro precursor va más allá, inquietantemente: “En efecto, el vocablo sánscrito «merú» o «merú ah», con la h fuertemente aspirada, significa en los idiomas himalayos, incluso en palí y tibetano, montaña o cordillera. En los arcaicos ejemplares de los Vedas (anteriores a las aclaraciones de los Yutras y Brahamanes, escritos estos últimos cosa de 4.100 años antes del descubrimiento de América), como también en las obras de Hérmes Trimegisto y en el «Libro de los muertos» del antiguo Egipto encuentro las palabras merú, asmerú y a-merú-ah significando la montaña grande, la montaña primitiva y también la montaña de los dioses. Este hecho concuerda también, y admirablemente, con el significado que le dieron nuestros indios al designar con la palabra «A merú-ah» a la cadena de montañas o el país de la gran montaña, que es la América.”
[3] Con él también entraremos en la apasionante discusión de los cartógrafos: Dick Edgar Ibarra Grasso, La representación de América en Mapas romanos de tiempos de Cristo, Argentina, Ed. del autor, 1970; “América del sur en un mapamundi de 1489” y “Nuevas identificaciones de Sudamérica en el mapamundi de 1489”, en Revista de Historia de América, ipgh, números 101 y 106, 1986 y 1987; Paul Gallez, La Cola del Dragón – América del Sur en los mapas antiguos, medievales y renacentistas y Predescubrimientos de América Bahía Blanca, Argentina, Instituto Patagónico, 1990; y 2001; y Gustavo Martínez Vargas, en América en un mapa de 1489, México, Taller abierto, 1996, y Fusang, chinos en América antes de América, México, Trillas, 1990; entre muchos otros.
[4] Enrique Dussel, El encubrimiento del indio: 1492, hacia el origen del mito de la modernidad, México. Cambio xxi, 1994, p. 112.
[5] Tenemos que advertir que el concepto está en crisis, pero también sopesar las razones para ser sostenido. Más allá de su origen francés, para academias como la norteamericana, el término funciona junto al concepto de hispano. Entre algunos sectores medios de la región, específicamente para los sectores de izquierda, la idea está ligada al avance imperialista. Como concepto, debe decirse, ya ha producido sus funciones antiimperialistas, pero amenaza con transformarse en una obstrucción para la incorporación de pueblos, como los que se han levantado en rebeldía y han tomado el poder (ejemplos son los tzotziles y tseltales chiapanecas, los qichwuas ecuatorianos, o los aymaras bolivianos).
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