Wednesday, December 29, 2010

Alfredo Palumbo, Presencia*

Iba creciendo la siesta
el solcito en mi ventana
mis patitas se movían
mi cabecita pensaba
el corazón que sentía...
la rara alegría.

Y es cuando llegan los seres
que uno los lleva en el alma
cuando conversa con ellos
cuando comparte una chala
crece la magia, la vuelta...
la vida que nos rodea.

Entonces...
Entonces crece una fuerza
unas ganas churas de amar
sentirse libre en el tiempo
tener las cosas más claras
volverse como el agua...
que baja de la montaña...
que baja por la quebrada.

Se oyen unas melodías
baila contenta tu alma
es la presencia divina
que anda rondando tu casa
Crece la magia, la vuelta...
la vida que nos rodea.

Entonces...
Y entonces crece una fuerza
Unas ganas churas de amar
Sentirse libre en el tiempo
Tener las cosas más claras
moverse como el agua
que baja de la montaña
que baja por la quebrada.

*/ Huayno dedicado a Claudio Valenzuela










Del viejo, acaso puedo decir lo obvio, lo que no hizo: lamentarse, describir paisajes, buscarse un lugarcito entre los músicos. Nació en Silípica y caminó su tierra a morir. Cultivó un arte de lo íntimo, de la reflexión de lo que somos y lo que no. Recolectó coplas y compuso cuecas, huaynos, galopas, valses, chamamés, zambas, gatos y chacareras. Su presencia estuvo en muchos lados, y ahora está también, vuelta grabación, aquí.


Monday, December 27, 2010

El canto


DE LA TRISTEZA

Tras la caída en 1521, en la ciudad de México “hay juntas, hay discusiones, se forman corrillos, hay llanto, se hace largo llanto, se llora por los otros”. Muchos “van con la cabeza caída, andan cabizbajos. Entre llanto se saluda, se lloran unos a otros al saludarse”.
[1] Por todos los caminos se escuchan los icnocuícatl, cantos tristes que marcarán un tiempo de pena.

El llanto se extiende, las lágrimas gotean allí en Tlatelolco [...]

¿A dónde vamos? ¡Oh amigos! Luego ¿fue verdad?

Ya abandonan la ciudad de México: el humo se está levantando, la niebla se está extendiendo... [...]

Llorad amigos míos, tened entendido que con estos hechos hemos perdido la nación mexicana[2]

Dos años después los tlamatinime, los sabios mexicas que hablaron con los doce religiosos que acompañaban a Cortés. Les dijeron en su flor y canto:

Tal vez es sólo nuestra perdición a donde seremos llevados, tal vez a nuestra destrucción.[3]

Como primera respuesta articulada a la proposición narrativa que la iglesia y los españoles, los tlamitime dicen:

Ustedes dijeron que nosotros no conocemos al Señor-de-lo-íntimo-que-nos-rodea, aquel de quien son los-cielos-y-la-tierra [...].

Nuestra respuesta es ésta: estamos perturbados, estamos molestos por lo que habláis, porque nuestros progenitores, los que han sido, los que han vivido sobre la tierra no solían hablar así.[4]

La nueva doctrina, incompatible con las explicaciones trasmitidas generacionalmente en los telpochcalli, en las escuelas para los más jóvenes, y en los calmécac, las escuelas para los alumnos avanzados, era entendida como una gran contradicción. Por ello les preguntan a los franciscanos que se han reunido:

Y ahora, nosotros, ¿destruiremos la antigua norma de vida? ¿La norma de vida de los chichimecas, de los toltecas, de los acolhuas, de los tecpanecas? [...]

Ciertamente no creemos aún, no tomamos por verdad lo [que dicen], aún cuando los ofendamos. Nosotros sabemos a quien se debe la vida, a quien se debe el nacer [...]

Es bastante que hayamos perdido nuestro poder, que se nos haya quitado, que se nos haya impedido su ejercicio. Si permanecemos sólo seremos prisioneros. Haced de nosotros los que quieran. Esto es todo lo que respondemos.[5]

Lo que parece un problema de interpretación, acaba pareciendo menos importante que pretensión cristiana de dominar culturalmente. Los tlamatinimes no hablan sólo en sentido figurado, en atención a sus dioses, sino en tanto si sistema de saberes, y por ello, la propuesta del nuevo dios, del nuevo modo de vida, sólo puede ser aceptado por quienes están en la periferia del conocimiento, para los que conocen y respetan los saberes acumulados en la honestidad de los progenitores, es preferible la muerte a la traición, porque ésta no producirá una incoherencia existencial. Lo otro, es ser prisioneros, no en un sentido literal, sino en el de ya no poder construir un destino, no poder legar, ni ser.[6]

Muchos símbolos hoy se retoman de las escasas conceptualizaciones sobre aquél momento de tristeza. Entre los mexicas, la llegada de los españoles se sentía como el fin del cuarto tonatiuh, el inicio de una nueva edad. Algo similar a lo que los mayas identificaron como cambio de época, un nuevo katún, iniciado con la llegada de los hombres “que estallan fuego al extremo de sus brazos”, como dice el Chilam Balam.[7] El nuevo sol, cuya característica será, dicen los textos, de más tributo, más trabajo y miseria. La explotación es el signo del nuevo tiempo.[8] Muchos otros pueblos, no nos dejaron i una idea minúscula, en su elección del suicidio o para morir de hambre en barcos, como los taínos, infectados de viruela. En el sur, la llegada de Pizarro y la destrucción del gobierno inca se entiendo como un pachakuti, una revolución en la tierra. No tardarán los guaraníes en sentir que la devastación de la selva los va cercando como un mba’e mequá, un mal absoluto que destruía su yvy marane’y, su tierra sin mal.

Y sin embargo, o justo por eso, “los naturales” -escribía Fray Toribio Motolinía en la década más transformadora de la ciudad de México- “están tan dispuestos e aparejados como cera blanda para imprimir en ellos toda la virtud”.[9] Pero la “exigencia de traicionar su religión y su cultura bajo pena de muerte o expulsión, ocupación de tierras, repartimiento de los habitantes en manos de los capitanes”, etcétera, se daba como guerra para los que se resistían.[10] Pero a la ‘cera blanda’ "en adelante, nada de extasiarse ante los códigos de los dioses”, como escriben Carmen Bernard y Serge Gruzinski, Y la historia de los pueblos de la región es pródiga en resistencias.

La oración, la pintura, la enseñanza, el canto, la implantación de los nuevos símbolos, el orden legal instalado con la escritura y el papel, etcétera, todos fueron instrumentos de la instalación colonial y la consolidación de los imperios posteriores (descontemos por un momento, el sitio instrumental del cañón y el arcabuz). Cuesta documentar aún en America este primer momento de un proyecto de transformación cultural clave de la modernidad occidental. Que sabemos, empezó inmediatamente. Por ejemplo, los misioneros franciscanos, un año después de su llegada en 1524, empezaron a realizar incursiones por el valle de México, acompañados de jóvenes formados que “siembran sorpresa y espanto” cada domingo. Derriban “los templos del demonio y llevar la buena nueva”. Estos jóvenes, “arrebatados a sus padres, educados en monasterios y luego vueltos contra sus propias familias como espías y fuerzas de choque, provocará unas relaciones funestas”.[11] En 1531, el aparente éxito de la ritualización americana asombra en Europa: “un millón de bautizados” en México sólo ese año, se avisa, bautismos masivos, “con promedios de cien mil indígenas por religioso, con puntos culminantes de trescientos mil”. Pero se festeja: con estas ceremonias, para las que no existen condiciones físicas ni mucha claridad en el propósito, “quedan pulverizadas así las cifras anteriores de la historia de la iglesia, las de la conversión de búlgaros, por ejemplo, en el siglo viii”.[12]

El empeño puesto en la destrucción de ‘ídolos’ y la demolición es análogo a la construcción de ‘templos’. Los procesos de demolición y construcción se presentan simbióticamente; uno se inscribe sobre el otro, con los materiales del otro, sobre parte de los sentidos del otro. La compleja tarea de la sustitución de un símbolo por otro, o de el nacimiento de una idea nueva en la relación de dos o más antiguas es tal vez un pedazo de una vieja interpretación. El destino de las pirámides del valle central es una metáfora del proyecto de la instalación cultural colonial, y desmontada piedra por piedra, materia prima de los nuevos edificios, cantera de su institucionalización. La metáfora sirve para pensar la cultura desde el poder, como confrontación-configuración basada en el uso de los materiales existentes. Y claro, el sueño cultural de la conquista que sólo podía estar visualizado por los hombres de la iglesia, quienes tenían la experiencia de la instauración del tiempo cristiano, y al fin, una doctrina vuelta catequesis.[13]

Así, resulta clave la idea de cómo dar el golpe que interrumpa la reproduccción de la antigua cultura. Y así se lo plantean los hombres de las primeras políticas españolas en México, ante las variadas formas en que estos hombres reciben los mensajes religiosos. Caramba, hay quienes “andan de un confesor a otro, y de un monasterio en otro”, como escribe Motolinía[14]. Sin embargo, aún cuando tienen claridad de que las viejas prácticas tiene “numerosos ritos, malas costumbres y ceremonias” que deben destruirse, cuesta delimitar como esto tan “gigantesco como flexible” es una expresión verdadera de la nueva cultura.[15] Se cierran de los telpochcalli, los calmécac y los cuicacalli, se prohíbe la contemplación de los murales y códices de los dioses, que serán guardados, quemados o destruidos, etcétera.

Se instalan nuevos ritos y ceremonias, como la del bautismo, pero cómo sólo pueden explicarse por las referencias existentes, entonces parecen lógicos las preocupaciones de Motolinía sobre las variadas interpretaciones que los nativos hacían de ellos. ¿Acaso era el bautismo nahua una prefiguración del cristiano? se preguntaba. ¿Cómo resolver esas representaciones que aparecían en todo momento, en las que el mundo antiguo se colaba produciendo zonas de interpretaciones dudosas? Por ejemplo, ¿cómo resolver esa apasionada manera en que los mexicanos habían tomado la invitación cristiana de cantar, que provocaba a los franciscanos a descubrir el umbral donde lo “enseñado” podía servir para determinar tanto la desviación, como los límites de la fe moderna en la ingeniería social? Así, vienen las problemas del colonizador, ¿acaso convendría decretar “que los cantos sean de día y solamente los domingos y fiestas cristianas”, pese al entusiasmo cantor? ¿O qué hacer para que los “himnos antiguos perdieran de un solo golpe su resonancia pagana y se convirtieran en folclóricos divertimentos?”[16]

Creo, por otro lado, que a la discusión sobre la transformación cultural, no es tan importante como los síntomas de este proceso. Como esa oposición entre el canto como lamento y el canto como posibilidad de construcción, que nos están demandando más teorías para el campo de la cultura en tiempos de la globalización. Algo así como unas teorías para el canto triste de los pueblos, y quizá también, para el discurso de la esperanza.

DE LA ALEGRÍA

La batalla cultural se trasladó por siglos y espacios y, de algún modo, las transformaciones del poder también las fueron transformando. La cultura letrada adquirió una lenta institucionalización, pero la cultura oral nunca abandonó estas zonas en las que lo inscripto se propone como revuelta, como revés. En la que la cultura no es un despliegue de sí misma sino también un acto contrario de liberación. Tendré que avanzar luego sobre el carácter que luego adquirió el cantor, aquél que en el tiempo fue teniendo la canción justa, lo que evidentemente supuso la creación, la memoria y también, el olvido, en proporciones que no pueden ser determinadas. En nuestra época -y acaso no haya otra-, el cantor también ha sido una figura esencial de la transformación y la resistencia; y también -como en el caso mencionado en extenso-, artífices de la instauración de nuevas prácticas, o salvador de las antiguas. Entonces, lo que deseaba era que iniciáramos una discusión, que tomando al canto como síntoma de los fenómenos que atraviesan lo cultural, fuera un modo de pensar al sujeto en movimiento, su autonomía, y sus contextos. Indudablemente, hago una lista que es propia sin dejar de ser común, pero inexacta, incompleta, reducida, algo sudaca pero también demasiado pegada al canon.

Me interesa que juntos podamos imaginar y ensanchar nuestra mirada sobre nuestro presente utilizando al canto y a una herramienta de internet, que está al alcance del aula virtual. Por supuesto, lo que me interesa está más allá, en esos aspectos que pueden ser analizados según nuestra curiosidad e interpretación: vidas, escenarios, espacios, públicos, secuencias, coherencias,mensajes, registros, y un largo etcétera que tiene como a nuestra época como contexto. En lo personal, aprecio los modos en que el cantor logra armonizar sus propias demandas y las de su público, que implica estar preparado con una canción que en el momento se revela necesaria.
En fin, no trato de dar mis análisis, sino invitarlos. Y claro, a conocer más referencias, que podremos irlas acomodando en nuestro sitio común.

DE CARIOLA

Víctor Jara

Te recuerdo amanda

John Lennon

Come Together:

El héroe de la clase obrera

Give peace a change

God

Mercedes Sosa

1980: Serenata para la tierra de uno

1983: Cuando tenga la tierra

2006: Corazón Libre:

2008: Canción para un niño en la calle (con Calle 13)

Alfredo Zitarrosa

1983: Adagio a mi país

Charly García

Dinosaurios:

Seminare

Deberías saber por qué

León Gieco

Cinco ciglos igual

La memoria

Juan Carlos Baglietto

El témpano, de Chico Novaro, cantado por Silvina Garré

Mienten

Tratando de crecer:

Y unos años después

Rubén Blades

Prohibido olvidar

Parao

Calle 13

La perla (con Rubén Blades -Panamá- y la Chilinga -Uruguay-)




[1] Le cuentan al fraile Bernardino de Sahagún (Informantes de Sahagún. Códice Florentino, libro xii, cap. 9; León Portilla, El reverso de la conquista. Citado por Dussel, El encubrimiento del indio: 1492 (Hacia el origen del mito de la modernidad), Cambio xxi, México, 1994, 167.

[2] AAVV, Visión de los vencidos, edición de Miguel León-Portilla, Dastin, España, s/f. p. 186.

[3] El encuentro entre los tlamatinimes y los franciscanos está registrado en el texto nahuatl escrito tiempo después en el colegio fransciscano de Tlatelolco, y reproducido por León Portilla en Filosofía náhuatl. Dussel repara en las seis partes del texto en la enumeración de Portilla. 1. Introducción retórica. 2. Preparación de la respuesta a la propuesta de los frailes. 3. Planteo central de la cuestión a ser debatida. 4. Argumentos para probar la conclusión a la que quieren llegar los tlamatinime: a) De autoridad, b) De coherencia existencial, c) De antigüedad. 5. Conclusión: no podemos abandonar nuestras normas de vida. 6. Corolario: Haced con nosotros lo que queráis. Cito sus referencias en la obra citada, 172 y ss.

[4] Dussel repara en el lugar que los sabios le otorgan al problema de la traducción: “Por medio del intérprete responderemos, devolveremos el aliento-y-la-palabra al Señor-de-lo-íntimo-que-nos-rodea”. La identificación señala lo que no puede resolver, como los actos de conjunción que le siguen a la advertencia. Dussel se pregunta “¿cómo podrían aquellos franciscanos, que sin embargo venían de escuelas místicas españolas reformadas por Cisneros, comprender que hubieran debido detenerse a dialogar durante semanas sobre este concepto-experiencia (in tloque, navaqued)? Como si ante Buda se pasara rápidamente por el concepto de nirvana.” Idem, p. 170.

[5] Idem, pp. 172-176.

[6] En “La educación entre los mexicas”, Miguel de León Portilla, da una idea de la sabiduría en la que se asentaba, disciplinariamente incluso, el discurso de los tlamatimines. A Joseph de Acosta le había asombrado el sistema de enseñanza: “ninguna cosa me ha admirado ni parecido más digna de alabanza y memoria que el cuidado y orden que en criar a sus hijos tenían los mexicanos. Porque entendiendo bien que en la crianza e institución de la niñez y juventud consiste toda esperanza de una república dieron en apartar sus hijos de regalo y libertad, que son las dos pestes de aquella edad, y en ocuparlos en ejercicios provechosos y honestos. Para este efecto había en los templos casa particular de niños, como escuela o pupilaje distinto de los mozos y mozas [...] sus padres voluntariamente los llevaban allí, los cuales tenían ayos y maestros que les enseñaban e industriaban en loables ejercicios”, de su libro Historia natural y moral de las indias, citado por León Portilla, Historia de México, Salvat, N 45-46, p. 284. La educación mexica buscaba crear “rostros sabios y corazones firmes”, y dice León Portilla, “sabemos por numerosos testimonios que no había un solo niño” fuera de los telpochcalli y calmécac distribuidos en los barrios (calpulli). La educación era vista como un don: “cuando un niño nacía, le dedicaban sus padres o en el calmécac o en el telpochcalli. Prometían al niño un don: habrían de llevarlo un día al calmécac, para que llegara a ser sacerdote, o al telpochcalli, para que fuera guerrero” anota Bernardino Sahagún.

[7] “El 11 Ahau es el que comienza la cuenta porque es el katun que transcurría cuando llegaron los extranjeros, [...] los que trajeron el cristianismo que hizo terminar el poder de oriente y llorar al cielo y llenar de pesadumbre”, Chilam Balam, Primera rueda de profecías”. Dussel, ob. cit. 177

[8] “En su época recibirán tributo los extranjeros que vengan a la tierra [...]. Enorme trabajo será la carga del katun porque será el comenzar de los ahorcamientos [...].Cuando caiga sobre la generación el rigor de la pelea, el rigor del tributo, cuando les venga la gran entrada del tributo en la gran entrada del cristianismo, cuando se funde el principio de los Siete sacramentos, cuando comience el mucho trabajar en los pueblos y la miseria se establezca en la tierra”. Segunda rueda de profecías. Dussel, ob. cit. 177.

[9] De Fray Toribio de Benavente Motolinía [1541], Memoriales o libro de las cosas de la nueva España y de los naturales de ella, 1971, citado por Carmen Bernard y Serge Gruzinski, en su Historia del nuevo mundo, del descubrimiento a la conquista. La experiencia europea, 1492-1550, fce, México, 1996, p. 339.

[10] “Así, el llamado descubrimiento de América, desde Europa, desde los blancos y mestizos es un acontecimiento en la línea del progreso civilizador humano”. Dussel, 12-13.

[11] Bernard y Gruzinski, ob. cit. p. 337-338.

[12] Idem p. 339.

[13] La palabra catecismo refiere justamente a la trasmisión (de abajo: cata) propio de la enseñanza oral.

[14] Ibidem 136.

[15] Idem 349. Las referencias son del “Parecer de los religiosos de Santo Domingo y San Francisco”, Colección de documentos para la historia de México, México, Porrúa, 1971.

[16] Idem 349. Los siglos siguientes, de despliegue del proyecto colonial sobre los habitantes del continente, es pródigo en ejemplos de ejercicio condigno. La referencia cultural, el hábito o la práctica de la cultura antigua, es severamente castigada. Esto es especial con quienes se encargan de conservar la cultura.



Monday, May 25, 2009

Para el morral de una historia del futuro*



Martellus 1942

¿Patria Grande, Amerrique, Latinoamérica... Abya Yala?

Comentarios políticos e historiográficos de estos registros geográficos e identitarios


A Juan Aragón

La discusión sobre el registro identitario de nuestra región no es inaugural, y por lo tanto estamos obligados a discutir sus presupuestos, siempre en afán de potenciar su principios. Hasta donde veo, podríamos enfrentar los dilemas de una nueva denominación de nuestra región, imaginando los distintos problemas historiográficos, políticos y filosóficos que nos plantean estas palabras a largo plazo. Pretendo situar en el horizonte algunas de las discusiones conflictivas, en nuestro camino a una liberación cultural, política y económica.

La enseñanza de una historia descolonizada

En las últimas décadas se han producido tres ampliaciones historiográficas aún en estado de digestión, y que afectan las categorías propuestas. Por la dimensión de estos efectos me animo a traer estas ampliaciones, poniendo la imaginación al servicio del proyecto propuesto por la noción de Patria Grande.

En primer lugar, aceptemos que al menos intelectual e ideológicamente, en el continente se han abierto suficientes senderos como para tener una historia que ya no sea tributaria del descubrimiento y de Europa. Tenemos ya una biblioteca que puede hacer, a grandes rasgos, una evaluación de la colonia y de la invasión europea, como un acontecimiento más en la larga historia de los pueblos del continente. Es decir, podemos avanzar mentalmente hacia los siglos anteriores a la invasión española y sajona, para comprender mejor al continente mismo y sus pueblos. La historia de los toltecas, mayas, mexicas, aymaras y tantos otros pueblos, se nos presenta como un desafío de interpretación del pasado.

En este sentido, es importante aceptar en todas sus dimensiones, que aún cuando nuestro debate se da en un sitio habitado hace miles de años, las memorias de sus pueblos se encuentran despreciadas en virtud del esquema de dominación existente. Esto nos desafía a encontrar un registro identitario adecuado, que no colisione con un relato que esperamos sea menos maniqueo en los próximos tiempos.

Quiero ejemplificar con los alcances de una nueva historia del llamado “descubrimiento de América”. El historiador mexicano Edmundo O’Gorman nos invitó hace unos años a revisar, no el descubrimiento sino la idea misma de que este continente había sido descubierto por un marinero llamado Colón. Haciendo una lectura minuciosa de los textos del siglo xv y xvi, en los que debería quedar patente este tan importante episodio de nuestra historia, nos abrió un espacio de reflexión. Nos abrió espacios para volver el mito del primer navegante, y a los detalles de cómo la historia va tramándose a lo largo del tiempo bajo el impulso de los intereses de una época. O´Gorman acabó mostrando las enormes debilidades historiográficas de las tesis colombinas, mostrando la operación historiadora -para decirlo como los franceses Chartier y Rocoeur- en la que se nos escondían olvidos abrumándonos de memorias.[1]

O´Gorman no niega la ampliación geográfica que supuso, a lo largo de los años, la navegación del Atlántico. Al contrario, nos anima a comprender el momento, pero sin los tabúes científicos del relato español; sobre todo de aquellos sobre la constitución y supuesta puerta de entrada del continente en la historia universal. Y esto nos permitió ir hacia nuevos problemas en la construcción misma de un relato distinto, del que surgiría si mantenemos a aquél como su acontecimiento principal. Que como se sabe, viene a colación porque en 1507 apareció el nombre de América en el mapa que firmó Martín Waldseemüller. Aún cuando tras la lectura de los nuevos historiadores de Améric vayan apareciendo otra historia nombre de América allí (lo que podría afectar a la otra figura emblemática de la gesta europea, Albérico o Albérigo Vespucci).

Puesto que con igual manejo de fuentes habrá que atender a aquellos que dudan de que el nombre del continente provenga de este florentino. Cómo síntesis de los problemas de este movimiento, expongo dos sentidos: el primero, sobre eso de que no se llamaba, ni pudo llamarse Américo, sino como figura en las 19 ediciones sobrevivientes de la Carta Mundus Novus de 1507, así como en sus traducciones y otras referencias, Albérico. El segundo, no menos desconcertante, es la existencia del antiguo nombre Amérrica y Amerrique en nuestro propio continente, para llamar a la cordillera, en la zona central, por donde estuvo Vespuccio. Estos dos aspectos son ilustrados en profundidad por Danilo Antón y otros.[2]

Un nuevo relato de la historia universal se nos abre, con nuevos mitos, pero también sin algunos de los viejos mitos. En este nuevo relato cabrán las referencias a los viajes europeos por el mar atlántico anteriores a Colón, pero también las conexiones lingüísticas polinésicas, los contactos transpacíficos sobradamente probados, y quizá vuelva a ampliarse nuestra mirada hacia el hombre en la prehistoria del mundo, como nos ha invitado a hacer Edgar Dick Grasso.[3]

En los hechos, la conquista irá lentamente adquiriendo detalles en el pensamiento popular, interpelando filosóficamente a los hombres del futuro, develando los elementos que caben en el nombre de América, mostrando su carácter (como parece haberse catalizado a partir de 1992). Es decir, encontrará su sitio como acontecimiento político, económico y social en la historia larga de los pueblos del continente y del mundo; como cualquier otro acontecimiento histórico. Sí, como las cruzadas, por ejemplo; pero en su propia dimensión. Nuestro problema es que este episodio aún goza de la carga justificatoria de los proyectos nacionales (montados en la estructura económica y racial de la colonia) que aún sobreviven en nuestros horizontes intelectuales. Pero es cuestión de tiempo. Lo que importa subrayar es que estos elementos pueden disparar discusiones sobre los usos de la palabra América, tanto como de algunas otras de las proposiciones de la mesa.

Una filosofía sin más

El problema filosófico que damos por supuesto en las palabras de la convocatoria, en tanto geografía y registro identitario, es el de la liberación, de la ampliación del sitio mismo del hombre en su totalidad, con su historia y su historicidad. Es decir, en su posibilidad de ser. Por eso, parte de nuestra discusión pasa por la recuperación de un lugar central de los olvidados, que en nuestro continente, son principalmente, las poblaciones originarias avasalladas en su vida, lenguas e historia, y hoy sometidas a la explotación y la pobreza. De los asediados en la negación de su historia larga, llena de proezas y maravillas que aún se encuentran entre nosotros, hechas mensaje o alimento.

Enrique Dussel ha colocado a Bartolomé de las Casas como el primer filósofo de la modernidad, por ser quien plantée el primer problema de la era (aún reproduciendo su horizonte, como nos advierte Borges), como crítica al proyecto jurídico europeo de la guerra justa. Pero es el desbrozamiento de este problema, su ampliación hacia nosotros mismos como herederos de esas batallas, el que nos lleva a preguntas que se empalman con los problemas historiográficos mencionados. Si hemos ampliado nuestra mirada, entontes es lógico preguntarse lo mismo que ya hemos hecho, pero desde la perspectiva de algunas de las culturas que pueblan la geografía que pretendemos nombrar. ¿Acaso las culturas de América no tenían un nombre para la “tierra” qué habitaban? El debate arde, Abya Yala dicen los cunas: “tierra madura, tierra madre grande, tierra de sangre”.[4]

Ahora, otras dos brevísimas referencias sobre el tamaño de las creencias que afectan a eso del nombre, y de las interpretaciones geográficas existentes. El historiador Miguel de León Portilla nos dio entre las referencias mexicas, del siglo XVI, el concepto de los océanos que hoy llamamos Atlántico y Pacífico. Como estos tenían un sitio estratégico entre ellos, lo llamaban sencillamente teoatl, anillo-de-agua-que-rodea-la-tierra. Allí está también, el hermoso mapa de Guamam Poma. ¿qué hacemos con aquellas ideas geográficas?

Dijimos que la decisión simbólica de adoptar colectivamente una denominación identitaria de nuestro espacio geográfico, está absolutamente ligado a nuestros deseos de liberación. Ya vimos las dificultades simbólicas e historiográficas del concepto América para esculpir un destino en coherencia con nuestros antepasados y descendientes. ¿Avanzaríamos con alguna categoría, como Latina?[5] Eso también pesa para los latinoamericanistas.

Símbolos para una nueva política

En las últimas décadas, una nueva heroicidad regional parece dominar el panorama. Muchos ya habrán sido nombrados: Bolívar, el Che -que nos enorgullece-, pero sobre muchos hay varias discusiones. ¿Cómo quedan algunos de esos hombres desde una mirada verdaderamente descolonizada del pasado de la región? Más allá de las actuales celebraciones independentistas, nuestros héroes regionales deben encontrar un sitio en esta historia mayor. Pero algunos de ellos no podrán ser aislados de los proyectos que impulsaron las burguesías a las que pertenecieron. Algunos no gozan de un cariño idéntico si se los observa desde la perspectiva de las burguesías criollas que desde los pueblos indios del Alto Perú, por ejemplo, como es el caso mismo de Bolívar. Las independencias serán cuestionadas por su parcialidad racial y cultural. En este sentido, hay que ir en serio, mucho más allá de la dualidad que se conciben desde las machaconas historias nacionales. Sobre todo en los casos que, como Argentina, se niegan la perspectiva de los pueblos que tantos años les ha costado dominar.

En muchos países como el nuestro, ya hay una historiografía en la que puede verse como la apropiación de la tierra anida en el corazón del proyecto nacionalista. Y no es de sorprender que este sea también el sueño de cada generación de políticos provinciales, como de cada miembro de su burguesía. El proyecto de refundación jurídica sobre la relación con la tierra (el acto invasor por autonomasia) como propiedad alienable, parece ya instalado plenamente. Pero si nuestro temporal y bestial fisiocratismo comienza a ser discutido, también lo serán los que lucharon por la independencia de España, pero no para liberar a quienes eran capturados para el peonaje y el servicio. Imaginemos que metáforas como el malón pueda ser analizadas por sus características económico políticas, como una guerra de apropiación de tierras y explotación de mano de obra. A cabalidad, como un episodio del proyecto moderno argentino, por ejemplo. Imaginemos que las montoneras puedan ser vistas por la mayoría, por ejemplo, en su inaudita desesperación; y no como aún se las ve, mitológicamente.

No podemos olvidar que otro panteón de héroes es enarbolado, y que sus luchas también estarán en el seno de nuestra historia colectiva. Hablamos del Caonabo que resistió en Cibao a los hombres de Colón; del Cuauhtémoc que se enfrentó a Cortés; de Xicontecatl y Camama que se batieron en Tlaxcala y Tezcoco; Agüeibana y Mabodomoco en Puerto Rico; Tecúm Umán y Jacinto Canek entre los mayas del siglo xviii; en los andes del sur, tantos otros: Atahualpa, Rumiñahui, Quizquiz, Calichima, Manco Capac, los Túpac. Que junto a miles defendieron sus derechos a la tierra, la libertad y la historia. Debemos asegurarnos de que la idea de la Patria Grande conciba también estos símbolos políticos, o dejarla fluir.


(*) Escrito para ser leído en el Primer Encuentro artístico y cultural de las Patria Grande, Santiago del Estero, Argentina, 19-21 de mayo, 2009.

[1] Edmundo O’Gorman, La invención de América, Investigación acerca de la estructura histórica del Nuevo Mundo y del sentido de su devenir, 1977, FCE. Es llamativo que la primera alusión a estas islas, nos dice el autor, sea de 1526, en el Sumario de la natural historia de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés. Un poco tarde si se quiere, y no muy claramente, por cierto: “Que, como es notorio, don Cristóbal Colón, primero almirante de estas indias, las descubrió en tiempos de los católicos reyes don Fernando y doña Isabel, abuelos de vuestra majestad, en el año de 1491 y vino a Barcelona en 1492”, p. 166, nota 12.

[2] Danilo Antón, Amerrique, los huérfanos del paraíso, Piriguazú ediciones, Montevideo, 1998; y La mentira del milenio, Piriguazú ediciones, Costa Rica, 2000. La tesis no es nueva, pero nadie había avanzado con tanta precisión sobre el nombre Amerrique o Ameriqua, que en Husgalpa, Nicaragua, es la antigua denominación de la cordillera, la zona por la que anduvieron Vespuccio y compañía. Si significado, nos dice, es Sierra-en-donde-sopla-el-viento. Dantón nos invita a detenernos en otros topónimos lencas (pueblo emparentado con los mayas al oeste y los cunas al este): “Aguanqueterique, Cacaguatique, Lepaterique”, etcétera, La mentira del milenio, p. 72-73. La discusión es tributaria de las investigaciones del geógrafo Jules Marcou, Nuevas investigaciones sobre el origen del nombre de América, y H. Lambert, The origin of the name America, entre otros. Como el autor ha querido probar su tesis en profundidad, brinda muchos elementos para pensar que Vespucio cambió su nombre o fue un error de traducción. Esto es perfectamente explicable entre la primera y la segunda cartas de Vespucio (1504 y 1505), y en las alusiones de hombres como Fra Giovanni, italiano que “conocía bien a los Vespucci” y que también usará en sus referencias “el nombre Albericus”, p. 92. Antón no es el único: la tesis del nombre de los Andes la sostenía desde 1909, A.W.G. (aún no hemos desentrañado completamente con Julieta Crivisqui, quién es el autor de este artículo que encontró en la Biblioteca de la Casa de la Moneda de Potosi), en su artículo “¡Amérriqua!”. En este nos dice que “Améric, América o propiamente Amérriqua es el nombre indio que entonces se daba a toda la cordillera de los Andes y en especial a todas las montañas que en Nicaragua existen entre Juijalpa y Libertad, cerca de la costa de Mosquitos y que por un lado penetraban, según Colón (4to. Viaje) en el territorio de los indios Carcas (...) en el país de los indios Ramas.” Pero nuestro precursor va más allá, inquietantemente: “En efecto, el vocablo sánscrito «merú» o «merú ah», con la h fuertemente aspirada, significa en los idiomas himalayos, incluso en palí y tibetano, montaña o cordillera. En los arcaicos ejemplares de los Vedas (anteriores a las aclaraciones de los Yutras y Brahamanes, escritos estos últimos cosa de 4.100 años antes del descubrimiento de América), como también en las obras de Hérmes Trimegisto y en el «Libro de los muertos» del antiguo Egipto encuentro las palabras merú, asmerú y a-merú-ah significando la montaña grande, la montaña primitiva y también la montaña de los dioses. Este hecho concuerda también, y admirablemente, con el significado que le dieron nuestros indios al designar con la palabra «A merú-ah» a la cadena de montañas o el país de la gran montaña, que es la América.”

[3] Con él también entraremos en la apasionante discusión de los cartógrafos: Dick Edgar Ibarra Grasso, La representación de América en Mapas romanos de tiempos de Cristo, Argentina, Ed. del autor, 1970; “América del sur en un mapamundi de 1489” y “Nuevas identificaciones de Sudamérica en el mapamundi de 1489”, en Revista de Historia de América, ipgh, números 101 y 106, 1986 y 1987; Paul Gallez, La Cola del Dragón – América del Sur en los mapas antiguos, medievales y renacentistas y Predescubrimientos de América Bahía Blanca, Argentina, Instituto Patagónico, 1990; y 2001; y Gustavo Martínez Vargas, en América en un mapa de 1489, México, Taller abierto, 1996, y Fusang, chinos en América antes de América, México, Trillas, 1990; entre muchos otros.

[4] Enrique Dussel, El encubrimiento del indio: 1492, hacia el origen del mito de la modernidad, México. Cambio xxi, 1994, p. 112.

[5] Tenemos que advertir que el concepto está en crisis, pero también sopesar las razones para ser sostenido. Más allá de su origen francés, para academias como la norteamericana, el término funciona junto al concepto de hispano. Entre algunos sectores medios de la región, específicamente para los sectores de izquierda, la idea está ligada al avance imperialista. Como concepto, debe decirse, ya ha producido sus funciones antiimperialistas, pero amenaza con transformarse en una obstrucción para la incorporación de pueblos, como los que se han levantado en rebeldía y han tomado el poder (ejemplos son los tzotziles y tseltales chiapanecas, los qichwuas ecuatorianos, o los aymaras bolivianos).

Thursday, November 09, 2006

¿Cómo te fue en la Feria?

Cada año la Feria Internacional del libro de Guadalajara (FIL) sirve para plantear los mismos interrogantes alrededor del mundo en que se mueven nuestros escritores, editoriales, autoridades y gestores culturales. Y así muchos nos preguntamos si tiene sentido alentar un encuentro que apenas sirve para legitimar autores y funcionarios, mientras la siguiente sociedad de lectores recibe con el abandono educativo, su estocada mortal.
Es un tema que se discute en las mesas, en los bares, pero ante la indiferencia del que asiente mientras en broma pide que cambiemos de canal. Pero quedan las preguntas sobre el verdadero sentido de estar bajo el amplio salón en que se monta la FIL. ¿La más grande feria del libro, en un país que ha decidido abandonar la educación porque su proyecto político consiste ya no en producir ciudadanos, sino público? ¿No estaremos alimentando esa ficción que supone que todos somos iguales ante el stand, y que allí –obviando el problema de la billetera, claro-: al menos disfrutamos de una igualdad simbólica… porque sabemos leer?
Pero además, ¿venimos a legitimar todas esas prácticas lobbistas de editoriales -¡y ahora de autores!-, que se han vuelto transparentes? ¿Tenemos que ser cínicos al punto de olvidarnos de esto porque ha pasado de moda criticar esas prácticas (que antes resultaban deshonrosas, al punto que dañaban las credibilidades, y porque ahora las damos por dañadas, y eso a todos nos vuelve más felices)? ¿No estaremos levantando los hombros ante la creciente banalización de las propuestas editoriales, que sin embargo necesitan de ‘figuras intelectuales’ de importancia para mantener la ficción de que se expande lo que no hace sino contraerse?
Y por si fuera poco, ¿fingir que el triunfo o la supervivencia de uno (por ejemplo, aquello de autor sin estudios gana premio Nobel, o eso otro de, pequeño editor de cuentos sobrevive pese… oh, nuevos héroes) es lo que importa, mientras vemos el fracaso de miles de lectores y editoriales, ante el triunfo de los que consiguen un ‘nicho de mercado’? ¿Defender la cultura será ser defensores de dos o tres que cumplieron el sueño americano?
¿Ir a negar qué el tipo de literatura que se impone es el que ha hecho del interés global –(joven que cuenta lo que ve mientras viaja con su mochila por un mundo que no comprende), un tema dilecto tal como sugieren las editoriales, mientras se dedican a la tarea de crear autores que sean capaces de fusionar la literatura con la autoayuda? ¿Aceptar que los casos de autores que logran imponerle al mercado una narrativa densa –hoy llamada ‘difícil’- son excepciones que confirman la regla de un barco que no obstante sueña con descubrir la próxima J.K. Rowling? ¿A poner cara de que no sabemos que en el acto en el que se premia a Carlos Monsiváis, se le muestra además que ha perdido su público, para darle otro que sólo comprará sus libros para comprobar que no los entiende, ‘porque acaso tiene ese hablar tan directo que tanto le admiramos a Paulo Coehlo’? ¿Y allí, estando allí, aceptar la ausencia de la poesía, porque qué…? ¿No vende? ¿Y estando allí, preguntarnos otra vez, cuándo el premio de la FIL será en un acto de coherencia al fin, para Arturo Pérez-Reverte?
Las preguntas que nos hacen cosquillas al ir a participar en la Feria del Libro, son sin embargo, parte de debates que ya no podremos dar en profundidad, sencillamente porque somos esclavos del mercado, y el mercado no produce espacio para la reflexión, sino para la reposición constante de nuevos títulos.
Uno de los temas que evitamos es, si el público que leyó a Oscar Wilde o a William Faulkner, es el mismo que el que hoy lee a Arturo Pérez-Reverte y José Saramago. Si los que leyeron a Alfonso Reyes y Octavio Paz, son los que ahora leen a Jorge Volpi y a Enrique Krauze. Y lo evitamos, porque eso nos llevaría (tras el siglo de los medios de comunicación, y ante el enorme poderío económico de nuestra expositora industria editorial) a hablar del papel de la crítica, que se ha plegado a la lógica editorial, que es un sistema de beneficios económicos propios del interés comercial, más que de valores estéticos, éticos o morales.
Ir a la Feria del Libro de Guadalajara supone, al menos para algunos, preguntarnos de qué manera estaremos pagando a esta industria que nos provee de pasajes, hotel, diversiones, gafetes y la ilusión de codearnos con esos escritores que tantas veces hemos visto en los periódicos.
-Cuando veo a un joven periodista que hace preguntas de este tipo –dijo el escritor Juan Villoro hace unos años, en una cena en Guadalajara-, yo le pregunto dónde se aloja. Generalmente lo hacen en los hoteles del centro (que son sucios y baratos). Nunca los mandan a los hoteles de lujo. Por eso hacen estas preguntas.
Y me cargue la chingada si no es cierto.

Sunday, July 16, 2006

El fraude como posibilidad

México se ha convertido ya en parte mía y son muchas las razones. Pienso esto desde Maco Hondo, un pequeño paraje junto al Río Dulce, en Santiago del Estero, Argentina, junto al Camino Real que iba o va al Perú.
La distancia me vuelve el espectador que no sería.
No voté. No soy un militante del PRD, nunca he sido un militante de partes en sentido estricto. Pero frente a muchas cosas soy un ferviente partidario.
He visto no obstante, la manera en que unos mexicanos se burlan de otros, no sólo desde el gobierno federal, sino en la vida cotidiana.
Tenemos –peleo por mi derecho al verbo con caracter patronímico- una inclinación notable al hecho. Lo hecho, hecho está, dicen. Y eso es a la imposición. Medio país –y esa es la verdadera división política- impone algo y luego invita al otro, a la víctima, a sopesar sobre lo negativo de discutir lo que ya está hecho. Si fue una imposición, bueno, ha aceptarlo, y a partir de eso... (nada menos que la realidad), pensar el camino que sigue.
Lo hace el funcionario, lo hace la esposa o el esposo, lo hacemos.
Y para colmo: somos una sociedad que le teme al conflicto. ¿Cómo temerle al conflicto si sobre la mesa están puestos los elementos que justamente los promueven?
En situaciones de poder y de desaveniencia, preferimos ‘lo real’: la fuerza de los hechos. Manda quien puede imponer. Imponer es un sinónimo de poder hacerlo. Y siempre hay voces que suponen que esto es algo que sucede en todas partes, y por lo tanto es una de las tantas cosas que se consideran legítimas: en la casa y en el gobierno.
Muchos piensan distinto. La política no posee individuos (al menos en el sentido en que si lo poseen la poesía y el diván del psicoanálisis) sino fuerzas encontradas en las necesidades mutuas: esto rige de la pareja a la ciudadanía: en el centro está la cosa pública. En ese amplio arco iris de pasiones sociales es lícito convencer, persuadir, argumentar; pero no imponer.
Cuando se nos quiere imponer, es deber anteponerse, amable y terminantemente. ¿Por qué? Porque de no hacerlo, la resaca nos dejará pelando contra la jactancia –contra el significante y no contra el significado.
Lo que sucedió el 2 de julio no debió pasar. Pero ahora debemos saber por qué pasó: al tiempo que nos anteponemos contra el que busca imponer.
Todo lo que siga ahora será remontar el 2 de julio, que no es poco. Y no lo es porque no será trabajar contra la imposición sino sobre lo que la permitió; y más aún: sobre aquello que permitió imaginar que un fraude sería aceptado: nuestra desnutrición cívica, nuestra amplia desmoralización social, empedernida en fetichismos.
Si eso es así: bienvenido el fraude.
El fraude es una posibilidad de volvernos sensibles a los otros fraudes que permiten que la rueda se mueva. La lista es larga, y cada quien puede hacerla según sus fuerzas y posibilidades.
Serenos: la derecha es solo una de nuestras formas sociales.
No sé qué pensaría el Dr. Jeckill.

Invito a informarse en El sendero del Peje.

Sunday, May 28, 2006

Fronteras Mexicanas

Hace unos días fui Chiapas a hacer una nota sobre la frontera. Fui a Tapachula. Aún no escribí la nota, apenas transcribí un diálogo inicial, con un pibe de 18 años, salvadoreño. Endar se llama. Tres veces me lo repitió. Endar. Todo giraba en torno a El Comepatas, el tren que come patas de migrantes desde Chiapas, al norte, y al que se suben seiscientos migrantes al día.

-Voy a seguir.
-¿Vas a seguir? ¿A dónde?
-Al norte.
-¿Sin una pierna?
-Sí.
-¿Dónde te agarró migraciones?
-En Puebla. Cuando caí del tren.
-Endar, estamos en Tapachula. Te agarraron en Puebla, o sea que ahora has retrocedido medio México. ¿Vas a seguir a Estados Unidos?
-Sí. No vuelvo a Honduras.
-Pero estamos en la frontera con Guatemala, todavía que queda todo México, y el Río Bravo. Las autoridades migratorias saben que estas aquí.
-No importa.
-¿ Y vas a cruzar el desierto de Arizona, con un solo pie?
-Otros lo han hecho. Hace poco se fue uno que estaba en el albergue. Le faltaban las dos piernas. Se fue apenas consiguió una silla de ruedas.
-¿También se cayó del tren?
-Sí. Hace poco habló. Iba por allá arriba.
-¿Cómo fue que perdiste la pierna?
-Me dormí.
-¿Te dormiste?
-Me subí en Arriaga, y se hizo de noche. Amanecí. Anocheció. Amanecí. Se hizo de noche, y ya no amanecí. Me dormí.
-Dos días y medio sin dormir…
-Sí. Y me dormí. Cuando me desperté ya el tren me había dejado malo.
-¿No te desmayaste?
-No. Me quedé horas esperando que pasara alguien.
-¿Crees que todo será más fácil en Estados Unidos?
-Tengo unas tías allá.
-¿Ellas saben que tuviste un accidente?
-Ya les dije, pero no me creen.
-¿Les pediste dinero, por lo menos, para no tener que volver a subirte al tren?
-Sí, pero no me creen.
-¿Podrás trabajar allá, sin una de tus piernas.
-No sé. Puedo hacer cosas con las manos.
-Los mexicanos siempre cuentan lo difícil que es cruzar la frontera Estados Unidos. Días en el desierto, subir barrancas, salir corriendo…
-Sí, pero no vuelvo.


Mierda, mierda. Seguir. Sí, seguir. No volver.
Claro que recordé una nota sobre la frontera norte, y sus muertas espantosas que escribí hace ya rato, los primeros meses en México. (nota acá)

Wednesday, May 17, 2006

Hermanos de sangre /

En La isla sin este, puse un par de análisis sobre la retórica oficial de las instituciones mexicanas y la experiencia laboral en la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp), que van desglosándose a su vez, en otro, que llamo la fuerza aislada (¿a falta de mejor qué?). Allí subí documentación sobre un conflicto laboral poco casual, sospechoso, porque tiene que ver con la delgada línea que divide las fuerzas que están a favor y en contra, de juzgar a fondo los crímenes cometidos en el pasado contra movimientos sociales y estudiantiles. Allí trabajé desde el año 2004 al 2006. Entre la documentación se encuentran cartas al Fiscal Ignacio Carrillo Prieto y al Procurador de la República, Daniel Cabeza de Vaca; además de algunas explicaciones necesarias. Esto puede encontrarse en Documentos de la fuerza aislada.
Recomiendo empezar por La isla sin este, que es en donde pueden encontrarse extractos de los materiales que menciono, y linquearlos a piaccere.