Cada año la Feria Internacional del libro de Guadalajara (FIL) sirve para plantear los mismos interrogantes alrededor del mundo en que se mueven nuestros escritores, editoriales, autoridades y gestores culturales. Y así muchos nos preguntamos si tiene sentido alentar un encuentro que apenas sirve para legitimar autores y funcionarios, mientras la siguiente sociedad de lectores recibe con el abandono educativo, su estocada mortal.
Es un tema que se discute en las mesas, en los bares, pero ante la indiferencia del que asiente mientras en broma pide que cambiemos de canal. Pero quedan las preguntas sobre el verdadero sentido de estar bajo el amplio salón en que se monta la FIL. ¿La más grande feria del libro, en un país que ha decidido abandonar la educación porque su proyecto político consiste ya no en producir ciudadanos, sino público? ¿No estaremos alimentando esa ficción que supone que todos somos iguales ante el stand, y que allí –obviando el problema de la billetera, claro-: al menos disfrutamos de una igualdad simbólica… porque sabemos leer?
Pero además, ¿venimos a legitimar todas esas prácticas lobbistas de editoriales -¡y ahora de autores!-, que se han vuelto transparentes? ¿Tenemos que ser cínicos al punto de olvidarnos de esto porque ha pasado de moda criticar esas prácticas (que antes resultaban deshonrosas, al punto que dañaban las credibilidades, y porque ahora las damos por dañadas, y eso a todos nos vuelve más felices)? ¿No estaremos levantando los hombros ante la creciente banalización de las propuestas editoriales, que sin embargo necesitan de ‘figuras intelectuales’ de importancia para mantener la ficción de que se expande lo que no hace sino contraerse?
Y por si fuera poco, ¿fingir que el triunfo o la supervivencia de uno (por ejemplo, aquello de autor sin estudios gana premio Nobel, o eso otro de, pequeño editor de cuentos sobrevive pese… oh, nuevos héroes) es lo que importa, mientras vemos el fracaso de miles de lectores y editoriales, ante el triunfo de los que consiguen un ‘nicho de mercado’? ¿Defender la cultura será ser defensores de dos o tres que cumplieron el sueño americano?
¿Ir a negar qué el tipo de literatura que se impone es el que ha hecho del interés global –(joven que cuenta lo que ve mientras viaja con su mochila por un mundo que no comprende), un tema dilecto tal como sugieren las editoriales, mientras se dedican a la tarea de crear autores que sean capaces de fusionar la literatura con la autoayuda? ¿Aceptar que los casos de autores que logran imponerle al mercado una narrativa densa –hoy llamada ‘difícil’- son excepciones que confirman la regla de un barco que no obstante sueña con descubrir la próxima J.K. Rowling? ¿A poner cara de que no sabemos que en el acto en el que se premia a Carlos Monsiváis, se le muestra además que ha perdido su público, para darle otro que sólo comprará sus libros para comprobar que no los entiende, ‘porque acaso tiene ese hablar tan directo que tanto le admiramos a Paulo Coehlo’? ¿Y allí, estando allí, aceptar la ausencia de la poesía, porque qué…? ¿No vende? ¿Y estando allí, preguntarnos otra vez, cuándo el premio de la FIL será en un acto de coherencia al fin, para Arturo Pérez-Reverte?
Las preguntas que nos hacen cosquillas al ir a participar en la Feria del Libro, son sin embargo, parte de debates que ya no podremos dar en profundidad, sencillamente porque somos esclavos del mercado, y el mercado no produce espacio para la reflexión, sino para la reposición constante de nuevos títulos.
Uno de los temas que evitamos es, si el público que leyó a Oscar Wilde o a William Faulkner, es el mismo que el que hoy lee a Arturo Pérez-Reverte y José Saramago. Si los que leyeron a Alfonso Reyes y Octavio Paz, son los que ahora leen a Jorge Volpi y a Enrique Krauze. Y lo evitamos, porque eso nos llevaría (tras el siglo de los medios de comunicación, y ante el enorme poderío económico de nuestra expositora industria editorial) a hablar del papel de la crítica, que se ha plegado a la lógica editorial, que es un sistema de beneficios económicos propios del interés comercial, más que de valores estéticos, éticos o morales.
Ir a la Feria del Libro de Guadalajara supone, al menos para algunos, preguntarnos de qué manera estaremos pagando a esta industria que nos provee de pasajes, hotel, diversiones, gafetes y la ilusión de codearnos con esos escritores que tantas veces hemos visto en los periódicos.
-Cuando veo a un joven periodista que hace preguntas de este tipo –dijo el escritor Juan Villoro hace unos años, en una cena en Guadalajara-, yo le pregunto dónde se aloja. Generalmente lo hacen en los hoteles del centro (que son sucios y baratos). Nunca los mandan a los hoteles de lujo. Por eso hacen estas preguntas.
Y me cargue la chingada si no es cierto.
2 comments:
Chale, pablotasso, deberías escribir un poco más seguido...
besos desde san pedro...
¿2006 pablotasso?
Escribe, caramba.
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